Me miré al espejo otra vez. Recité la frase que me dieron en el instituto para la obra de teatro que haríamos el sábado por la noche. Aún no sé por qué me uní a los de teatro, ya que a mí nunca me ha gustado ni me va a gustar. A veces pienso que fue más que nada por obligación. Mi padre era todo un fanboy en esto del teatro, y quizá, para no decepcionarle, me apunté. Pese a que mi padre esté la mar de contento, yo me siento vacío por dentro. Siento que estoy haciendo algo que no me gusta y algo con lo que no voy a llegar a ninguna parte. No sé cuándo terminará, no sé cuándo tendré el valor para decirle a mi padre que me desenlazo de mundo del teatro. Pero ahora, toca aprender mi frase. Que esa es otra. Al principio cuando entré, me daban todos los papeles protagonistas. Me estaba día y noche aprendiendo unas dichosas conversaciones que me parecían absurdas. Historias que ni siquiera llegarían a tocar cualquier sentimiento humano. Pero pese a ello, seguía estudiando ese mundo de letras absurdas. A veces cambiaba cosas del guión, cosas que luego no me aprendía pero que las veía más adecuadas.
El teatro me hacía cambiar. Me convertía en un maldito lunático. Era como si todo el mundo estuviera despierto y yo aún soñando en ser yo mismo. Me gustaría ser real y sentir el mundo igual. Pero el teatro me cambiaba y era la prohibición a mis sueños, a mis ilusiones. Aún así, los sentimientos hacia mi padre seguían siendo los mismos, y yo, de alguna manera, no podía fallarle. Más que nada, porque fue el sueño imposible de mi padre. Tal como un cuento, como una película, mi padre nació pobre, y como él dice, morirá pobre. Gracias a algo llamado dinero, su sueño se fue alejando hasta que fue imposible alcanzarlo. Siempre me pregunté por qué todo debía ser tan difícil y por qué no podía llevar todo correctamente. Era un pájaro recién salido del nido.
Esa noche no pude pegar ojo. Era horrible. No paraba de darle vueltas a todo. Empezando por una mancha con forma de típica cara de espíritu queriendo alimentarse de tus sueños. ¿Algo me saldría bien? Me abracé a la almohada, quizá el único sitio donde me sentía seguro aunque sin sentirme seguro. Después de largas horas con los ojos abiertos como platos, cedieron. Y el sueño duró dos minutos cuando el pequeño despertador que tenía (regalo de mi abuela), me pegó una y otra vez como si le fuera la vida. Ya estaba todo preparado, y practiqué de nuevo la frase, la única frase, la miserable frase que tenía que decir. Pensaba que para eso, que me dieran el papel de árbol. Me saldría más a cuenta. Llegué ya al instituto, y cada paso que daba, me pesaban más las piernas. El corazón cada vez me iba más deprisa, y me aislé del mundo, cosa que solía hacer siempre.
Ya estaba encima del escenario, no me podía creer que una sola frase me iba a traer tantos problemas. Con la de diálogos que había hecho y ahora con el corazón saliéndome por la boca. Todo fue culpa de los días anteriores, y de mis pajas mentales. Nunca aprenderé. Ya era mi turno. Intenté decir la frase pero me fue imposible. Tenía el nudo más grande que había tenido nunca en la garganta. Hice el ridículo. Y encima mi padre lo estaba viendo. Quería que alguien tuviera un arma de fuego allí mismo para volarme el cabezón que tenía. Improvisaron por mí y yo salí corriendo de allí. Salí del instituto (no era horario de clase), y me fui corriendo no sé yo dónde. En algún lugar donde nadie pudiera encontrarme. Había arruinado el sueño de mi padre y me había arruinado a mí mismo como persona.
Era en esos momentos cuando me venía a la cabeza mi abuelo. Recordaba cuando paseaba con él. Cuando me sonreía. Cuando me guiñaba el ojo. Cuando me demostraba todo el cariño que tenía hacia mí. Lo más importante era que le tenía a mí lado. Y eso me hacía muy feliz. Me comprendía, me ayudaba, me apoyaba, me hacía ser mejor persona. Incluso me arrepentía de tonterías que hacía y no quería verle triste. Pero era imposible verle triste, siempre te dedicaba una sonrisa y siempre te hacía una de sus bromas que se te quedaban para siempre y eran imborrables. Mi abuelo era alguien digno de admirar, alguien a seguir cada uno de sus pasos. Era todos los buenos adjetivos reunidos en uno. Pero yo no lo supe valorar mucho después de su desgraciada muerte. Y eso es lo que me devora por dentro. Era un simple niño que quería a su abuelo y que no sabía ver nada más a partir de allí. Me gustaría poder decirle tantas cosas, sacar tantas palabras que tengo dentro y que no pueden salir. Me gustaría que pudiera ver cada sonrisa mía, cada lágrima mía, cada despertar mío, cada Te quiero hacia él. Me gustaría tanto poder abrazarle de nuevo y que él lo hiciera el doble de fuerte. Me gustaría tanto verle. Solamente verle y decirle lo tanto que le aprecio. Un minuto. Solamente pido un minuto.
Un minuto fue lo que tardó mi padre en encontrarme. No me lo esperé, y me sorprendió poniendo su mano en mi hombro. Para él quizá era un gesto de cariño, pero yo en esos momentos no estaba para pensar en el cariño que me tenía mi padre. Éste me medio abrazó. Me dedicó unas palabras: “No puedes derrumbarte sólo por una frase. El teatro ya lo tiene ésto, te puedes saber grandes conversaciones pero no una miserable frase. No te puedes rendir, debes seguir luchando, debes seguir demostrando quién eres y hacer lo que más te gusta”. Allí ya exploté. No podía soportar escuchar hablar a mi padre como si de verdad se importara por mí, como si supiera lo que verdaderamente siento. Rabiaba al ver que sólo hacía de padre cuando más le interesaba. Me daba la sensación de que yo era sólo su muñeco para poder entrar en un mundo que él nunca pudo entrar.
“No sabes lo que estás diciendo. De hecho, no sabes ni lo que siento. No te sabes ni mi fecha de cumpleaños y eso que, además de ser tu hijo, vives en el mismo techo que yo. Lo siento, pero eres un maldito interesado. Quedaos aquí tú y tu querido teatro”, dije ante la perplejidad de mi padre. Me fui corriendo de nuevo. No sé si en ese momento parecía más bien un cobarde, pero si lo parecía, me daba igual. Me dio la típica pataleta de adolescente, y me pregunté una y otra vez qué estaba haciendo en este mundo, con mi vida, con mi familia. No llegaba a ninguna conclusión. También pensé incluso en fugarme de casa, cosa muy típica en películas o series. Esta vez sí me sentía un actor metido en una obra de teatro.
Pasaron varios días después de aquella pequeña pero intensa conversación con mi padre. Y éste desapareció. Nos dejó a mi hermana, a mi madre y a mí más solos que la una. ¿Y para qué? “Para ir a cumplir su sueño”. ¡Que se pudra con su sueño! ¡Su sueño ahora debería haber sido preocuparse por su familia, quererla y luchar por ella! ¡No abandonarla! El odio corría por mis venas y esa situación me parecía muy típica. Otra vez, volviendo al mundo del teatro. Una familia, un padre que abandona y familia abandonada sobreviviendo con madre trabajando. Todo muy bonito y muy pintoresco, sí. Aunque nos lo montamos bien, yo perdí todas las esperanzas en cumplir mis sueños, e iba al instituto por ir, porque no tenía ninguna otra cosa que hacer. Era bastante triste y bastante lamentable. Pero no podía hacer nada. La vida es como un guión: Se escribe, se representa, se termina.
El teatro me hacía cambiar. Me convertía en un maldito lunático. Era como si todo el mundo estuviera despierto y yo aún soñando en ser yo mismo. Me gustaría ser real y sentir el mundo igual. Pero el teatro me cambiaba y era la prohibición a mis sueños, a mis ilusiones. Aún así, los sentimientos hacia mi padre seguían siendo los mismos, y yo, de alguna manera, no podía fallarle. Más que nada, porque fue el sueño imposible de mi padre. Tal como un cuento, como una película, mi padre nació pobre, y como él dice, morirá pobre. Gracias a algo llamado dinero, su sueño se fue alejando hasta que fue imposible alcanzarlo. Siempre me pregunté por qué todo debía ser tan difícil y por qué no podía llevar todo correctamente. Era un pájaro recién salido del nido.
Esa noche no pude pegar ojo. Era horrible. No paraba de darle vueltas a todo. Empezando por una mancha con forma de típica cara de espíritu queriendo alimentarse de tus sueños. ¿Algo me saldría bien? Me abracé a la almohada, quizá el único sitio donde me sentía seguro aunque sin sentirme seguro. Después de largas horas con los ojos abiertos como platos, cedieron. Y el sueño duró dos minutos cuando el pequeño despertador que tenía (regalo de mi abuela), me pegó una y otra vez como si le fuera la vida. Ya estaba todo preparado, y practiqué de nuevo la frase, la única frase, la miserable frase que tenía que decir. Pensaba que para eso, que me dieran el papel de árbol. Me saldría más a cuenta. Llegué ya al instituto, y cada paso que daba, me pesaban más las piernas. El corazón cada vez me iba más deprisa, y me aislé del mundo, cosa que solía hacer siempre.
Ya estaba encima del escenario, no me podía creer que una sola frase me iba a traer tantos problemas. Con la de diálogos que había hecho y ahora con el corazón saliéndome por la boca. Todo fue culpa de los días anteriores, y de mis pajas mentales. Nunca aprenderé. Ya era mi turno. Intenté decir la frase pero me fue imposible. Tenía el nudo más grande que había tenido nunca en la garganta. Hice el ridículo. Y encima mi padre lo estaba viendo. Quería que alguien tuviera un arma de fuego allí mismo para volarme el cabezón que tenía. Improvisaron por mí y yo salí corriendo de allí. Salí del instituto (no era horario de clase), y me fui corriendo no sé yo dónde. En algún lugar donde nadie pudiera encontrarme. Había arruinado el sueño de mi padre y me había arruinado a mí mismo como persona.
Era en esos momentos cuando me venía a la cabeza mi abuelo. Recordaba cuando paseaba con él. Cuando me sonreía. Cuando me guiñaba el ojo. Cuando me demostraba todo el cariño que tenía hacia mí. Lo más importante era que le tenía a mí lado. Y eso me hacía muy feliz. Me comprendía, me ayudaba, me apoyaba, me hacía ser mejor persona. Incluso me arrepentía de tonterías que hacía y no quería verle triste. Pero era imposible verle triste, siempre te dedicaba una sonrisa y siempre te hacía una de sus bromas que se te quedaban para siempre y eran imborrables. Mi abuelo era alguien digno de admirar, alguien a seguir cada uno de sus pasos. Era todos los buenos adjetivos reunidos en uno. Pero yo no lo supe valorar mucho después de su desgraciada muerte. Y eso es lo que me devora por dentro. Era un simple niño que quería a su abuelo y que no sabía ver nada más a partir de allí. Me gustaría poder decirle tantas cosas, sacar tantas palabras que tengo dentro y que no pueden salir. Me gustaría que pudiera ver cada sonrisa mía, cada lágrima mía, cada despertar mío, cada Te quiero hacia él. Me gustaría tanto poder abrazarle de nuevo y que él lo hiciera el doble de fuerte. Me gustaría tanto verle. Solamente verle y decirle lo tanto que le aprecio. Un minuto. Solamente pido un minuto.
Un minuto fue lo que tardó mi padre en encontrarme. No me lo esperé, y me sorprendió poniendo su mano en mi hombro. Para él quizá era un gesto de cariño, pero yo en esos momentos no estaba para pensar en el cariño que me tenía mi padre. Éste me medio abrazó. Me dedicó unas palabras: “No puedes derrumbarte sólo por una frase. El teatro ya lo tiene ésto, te puedes saber grandes conversaciones pero no una miserable frase. No te puedes rendir, debes seguir luchando, debes seguir demostrando quién eres y hacer lo que más te gusta”. Allí ya exploté. No podía soportar escuchar hablar a mi padre como si de verdad se importara por mí, como si supiera lo que verdaderamente siento. Rabiaba al ver que sólo hacía de padre cuando más le interesaba. Me daba la sensación de que yo era sólo su muñeco para poder entrar en un mundo que él nunca pudo entrar.
“No sabes lo que estás diciendo. De hecho, no sabes ni lo que siento. No te sabes ni mi fecha de cumpleaños y eso que, además de ser tu hijo, vives en el mismo techo que yo. Lo siento, pero eres un maldito interesado. Quedaos aquí tú y tu querido teatro”, dije ante la perplejidad de mi padre. Me fui corriendo de nuevo. No sé si en ese momento parecía más bien un cobarde, pero si lo parecía, me daba igual. Me dio la típica pataleta de adolescente, y me pregunté una y otra vez qué estaba haciendo en este mundo, con mi vida, con mi familia. No llegaba a ninguna conclusión. También pensé incluso en fugarme de casa, cosa muy típica en películas o series. Esta vez sí me sentía un actor metido en una obra de teatro.
Pasaron varios días después de aquella pequeña pero intensa conversación con mi padre. Y éste desapareció. Nos dejó a mi hermana, a mi madre y a mí más solos que la una. ¿Y para qué? “Para ir a cumplir su sueño”. ¡Que se pudra con su sueño! ¡Su sueño ahora debería haber sido preocuparse por su familia, quererla y luchar por ella! ¡No abandonarla! El odio corría por mis venas y esa situación me parecía muy típica. Otra vez, volviendo al mundo del teatro. Una familia, un padre que abandona y familia abandonada sobreviviendo con madre trabajando. Todo muy bonito y muy pintoresco, sí. Aunque nos lo montamos bien, yo perdí todas las esperanzas en cumplir mis sueños, e iba al instituto por ir, porque no tenía ninguna otra cosa que hacer. Era bastante triste y bastante lamentable. Pero no podía hacer nada. La vida es como un guión: Se escribe, se representa, se termina.









